A veces, estorbamos

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A veces, estorbamos
En Tenerife encontraron muertos a un matrimonio y a sus dos hijas pequeñas. También estaba muerto el perrito. Fue un crimen pactado, casi como un ritual, con carta e instrucciones “para un después”, aseguran las autoridades. Cuatro personas y un perrito que ya no están. Se fueron.

En el Mediterráneo siguen flotando los muertos como respuestas macabras a miles de preguntas absurdas, y una palabra se queda prendida en la solapa de los cobardes: indiferencia. Yo añadiría otra: desesperación. Porque desesperada anda una persona que intenta escapar de los alambres puntiagudos de la muerte y se arroja a ese vacío azulado cubierto de silencio.

Y desesperados los que asisten frustrados por la inoperancia de los políticos, que miran a otra parte y no quieren conocer a nadie; solo a una realidad de luces de neón y seda, vacía de corazones, tan personal como una muñeca hinchable.

Vivimos en una sociedad de chistes envasados, de cuero negro que huele a leche caducada; una sociedad de sonrisas tan mentirosas que huimos cuando nos sonríen, porque detrás de cada rostro existe una evidencia rotunda y maloliente: mañana puedes ser tú al que le echen tierra.

Somos peones en el gran tablero del Universo y apenas sabemos nada. Solo caminamos como los burgueses de Buñuel sin conocer al compañero. Dibujamos las líneas emborronadas de un horizonte difuso y respiramos.

Porque nadie quiere reescribir palabras peligrosas, solo paladas de supervivencia para seguir caminando en medio de una calle con el semáforo en rojo. Simplemente somos un número y un apellido inservible. No reconocemos que estamos de paso y, a veces, estorbamos.

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