La bandera del capitán

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La bandera del capitán
Le vi un día de hace mucho: lucía peleón un flequillo Paul McCartney, la frente patricia y esa peculiar nariz de águila desafiante. Deambulaba por los pasillos del colegio con las prisas de un arcabucero en el fragor de una batalla de la Guerra de los Cien Años.

Yo andaba por tercero de bachiller y trataba de sortear torpemente las trampas vietnamitas que me tendían las matemáticas o las emboscadas de unas físicas tan traidoras que parecía que aquel esmirriado profesor que las impartía era un primo de Judas Iscariote con las patillas bandoleras del Tempranillo. Lo mío era el fútbol, las letras y los sueños.

Tres años más arriba, con la fiebre de aquellos días arañando las entrañas del más dormido, el destino volvió a colocar a Manolo Bordallo en mi escalera. Reactivó mi sangre de poeta y, sobre todo, me mostró el lado oculto de la vida.

Paseábamos por barrios que nunca salían en el NO-DO, gente que miraba con ojos tan llenos de esperanza, que salían alas a nuestros versos y nuestros corazones arrancaban alambradas.

Tú andabas en aquellas trincheras y yo inundaba mi vida de carreras alocadas, sonetos de Miguel Hernández y pensamientos de Lenin. Me gustaba tu mirada llena de luz y tan acogedora como una chimenea en el campo, un alma que, como decía Bécquer, “hablar puede con los ojos y también puede besar con la mirada”.

Han pasado los años y ahí estás, Manolo Bordallo, con la mirada llena de lunas. Por ahí vives, hermano, enarbolando banderas de humanidad y ensartando carroñeros. Luz para ti, campeón de la generosidad, CAPITÁN DE LA BUENA GENTE.

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